martes, 8 de diciembre de 2009

Mártires y Héroes: la apuesta por lo abyecto

El rumbo de la vida es una forma más o menos padecida de pasar por nuestro deseo, es decir es la apuesta por el atractivo de la falta. La necesidad de castigo del mártir es precisamente el camino de la necesidad. Cuando se abandona el nirvana del vientre materno, en el acto inaugural del nacimiento, la bola de carne viviente, la cual aún no es un sujeto, lleva en si la marca de aquello que se dejó, es decir una falta. De ahí en adelante va a ser esta “completud” inalcanzable, ese innombrable abyecto la meta del deseo, Lacán lo va a llamar un fin de armonía.

En francés la palabra usada por Lacán en el seminario 7: Sobre la Ética del Psicoanálisis para designar la falta es faute; en Inglés cuando un acusado está en un juicio dice “it´s not my fault”. Es decir que no hay falta sin culpa. El héroe es falto, pero el mártir también.

La justificación del deber del héroe es algo que se presenta como un sentimiento inmediato de obligación, no es acaso esta obligación, ese deber, un llamado de la cruel instancia moral del superyo psicoanalíico. Sería la búsqueda de un correcto hacer en la realidad, pero la realidad es precaria, por lo tanto su búsqueda lo será. Sin embargo la vía en la que estos pensamientos éticos se formulan, la forma en la que constituyen, es el principio de realidad. En esa búsqueda hay algo que no se puede poner en palabras, y eso es lo abyecto.

En la vida del mártir se juega con el odio y el egoísmo, es precisamente su odio al Otro lo que lo convierte en la víctima. El mártir no es aquel que recibe en su persona los estigmas de su existencia, es el perverso que al convertir al sujeto en objeto se convierte en víctima de sus propios deseos.

Héroes y Mártires llegan a ese lugar innombrable mediante procesos de identificación, mecanismo de por sí primitivo. El Héroe afirma vivir del reconocimiento, ¿qué acaso el Mártir no busca lo mismo?

El Héroe es por lo tanto egoísta, el Mártir también. Freud lo expuso en el Problema Económico del Masoquismo. Para ambos su rol es un síntoma. En el Héroe es llenar la falta de forma obsesiva, aún poniendo en juego su vida. Todos hemos visto como los héroes en la televisión renuncia a vivir la vida plenamente porque están muy “ocupados” en el síntoma de su heroísmo. Cómoda posición a fe mía, por cuanto eso evita enfrentarse al Otro y por lo tanto la pulsión se vive en una forma menos amenazante.

El Mártir vive la comodidad de su síntoma, síntoma que hace eco en la somatización histérica. Recuerdo el caso de la chica bailarina aquejada de una atroz parálisis que le evitaba la realización de su “pasión”, es decir bailar. Se veía la pobre chica obligada a dormir en la habitación de sus padres, de esta forma la podían atender cuando sufría los agonizantes dolores de su pierna.

Pobrecita, diríamos. Los médicos que la vieron, después de muchos exámenes no encontraron nada y por su puesto terminó cayendo en los avernos del diván. Diván el terrible que la confrontó con su deseo. El mecanismo era el permanecer enferma para que al estar con sus papás no se pudiera encontrar con su atemorizante cuerpo adolescente que la llenaba de deseos y peligrosas tentaciones. Para ella el dolor valía la pena.

Este es el beneficio secundario de la enfermedad. El Héroe y el Mártir mantienen esa posición por la virtud de la satisfacción que le aporta al sujeto su síntoma.

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